Friday, October 13, 2006

LOS CAMBIOS DE MADONNA VALEN CALLAMPA


Según mi madre, mi nombre ya me lo tenía escogido mucho tiempo antes de nacer. Que su primer hijo fuera hombre era algo que anhelaba. Y así fue, nací hombre. Y me llamaron como mi madre tenía planeado: Álvaro Nicolás. Cuento esto porque me ha surgido la inquietud sobre las identidades. La inquietud sobre cómo vamos siendo unas personas y no otras. Varón o mujer, el médico nos anuncia a partir de la única información que tiene a mano: nuestro sexo. Poco después, se suma el nombre. Que seamos, además, chilenos o paquistaníes da lo mismo. Eso sólo será relevante al momento de comparar. ¿La clase social? En cueros somos todos iguales. Tampoco, en ese momento, tenemos rasgo alguno que nos diferencie, ni siquiera la raza. Salvo que el niño nazca con alguna deformación evidente, claro está. A lo que voy es que al nacer todo está por verse, pues aún no eres nada. Y por eso pienso qué es curioso cómo nos vamos complejizando y adquiriendo rasgos, gestos, formas y atributos que nos marcarán para siempre, haciéndonos muy difícil (sino derechamente imposible) poder ser otros. Desde el nombre, hasta el sexo. He leído o escuchado por ahí que uno no debería mantener el mismo nombre para toda la vida, que por cada etapa en nuestra evolución espiritual, social o como quieran, deberíamos cambiarnos el nombre. Así como el cantante de Café Tacuba. En ese sentido, está peludo llamarme de otra forma: ¿me llamarán mis padres, amigos, Nico Zaitegui si les digo que ese es mi nombre de ahora en adelante? Ser mujer nunca me ha atraído, pero no debería ser tan endemoniadamente complicado cambiar de sexo. No lo digo por marayo, sólo porque uno debería sentir lo que se siente ser otra cosa. Ser, por ejemplo, millonario, y no ser de clase media siempre. Pero que fuera algo así como automático, medio mágico. Es que me molesta la identidad. Es FOME tener identidad, por lo menos para siempre. Y es triste probar tan pocas cosas en la vida, no saber nunca qué se sintió ser negro si eres blanco, u oriental si eres indígena. En ese aspecto, Michael Jackson fue un verdadero visionario. Pero se le pasó un poco la mano. A mí me encantaría ser francés, más alto, con un rasgo físico muy marcado, y además, tener otra profesión. Es cierto que uno se puede cambiar el nombre, pero la gente que ya te conoce te dirá que no tienes cara, en mi caso, de Camilo por ejemplo, sino de Álvaro. Porque eso también es como una verdad media no declarada: la cara de la gente y sus nombres casi siempre calzan perfecto. Es raro encontrar a alguien que no tenga cara de Jaime si se llama Jaime. Y qué decir de las características físicas. Una mujer pechugona cargará siempre con eso. Incluso después de operada. El alto, el bajo, la misma cosa. A lo más podemos cambiar de onda. Pasar de ser medio hippie a medio yuppie, o viceversa. Pero cuesta, ¿no les parece? Por eso no se enojen o pelen tanto si se encuentran con alguien al que casi no reconocen. Piensen, sólo por esa vez, que quizá se aburrió de ser el mismo.