LLAMADAS PERDIDAS

En los tiempos que corren hoy un número no requiere de nuestra recordación. Lo que, creo, con el tiempo nos llevará a ir desgastando la memoria a corto plazo. Me acuerdo de que cuando chico nunca usé agenda ni nada, todos los números de mis amigos los tenías grabados en mi cabeza. Hoy, con suerte recuerdo el de la casa de mi madre. Quizá por esa razón es que hoy los números telefónicos nos son como las caras de la gente: cercanos, conocidos y desconocidos.
Esto a partir de las llamadas que vemos en nuestros celulares. Más específicamente, de las llamadas perdidas. Porque si el número no lo tenemos guardado en la memoria junto a un nombre, nos asalta la duda y nos sentimos (por poco) parte de una broma, un complot o algo parecido. Son tiempos de paranoia los que vivimos. Anoche, de hecho, fui víctima de uno de esos llamados. Eran las 2:30 de la madrugada y me despertó el ring de un número que desconocía. Al contestar, cortaron. Lo volvieron a hacer minutos después, y al fijarme en el número, me di cuenta de que aunque no lo tenía en la memoria del teléfono, alguna vez lo había visto, pero no pude recordar su dueño. No voy a mentirles, me entró la paranoia en el acto. Ustedes saben, hoy uno deja de ver a la gente, no sé, unos meses, y se le elimina de msn y del celular inmediatamente. Es como una regla silenciosa. Pero siempre queda la posibilidad de que ese alguien, que probablemente fue alguna vez cercano, te pueda llamar, quizá borracho, quizá nostálgico, quizá en problemas graves a las 2:30 de la madrugada, y gracias a los iempos que corren, uno no podrá asociarlo a nada más que a un número desconocido, a alguien que se equivoco, o, como en mi caso, a una situación extraña, misteriosa, que da para pensar más de lo que simplemente fue: una llamada perdida.
