DECISIÓN
Hace un poco más de una hora, no sabía bien si iba a terminarme lo que quedó del almuerzo de ayer o si me acostaría aguantándome el deseo (livianito de abdomen) hasta la noche de mañana. Se trata de una de mis comidas favoritas, albondigas en salsa de tomates con fideos, lo que hace todo más complicado aún. En la mañana, ¿short -fresco pero informal en exceso- o pantalón -respetable pese a ser implacable con las partes pudendas-? En ambos casos, la decisión que tomé me hizo arrepentirme de inmediato.
Algo parecido estoy viviendo en el trabajo. Como nunca esperé, esta es la cuarta vez que me toca elegir un practicante. Uno entre muchos publicistas que tienen por iguales cantidades "caleta de ganas", "hartas pilas" y "deseos de proyectarse en un trabajo estable". Lo bueno, es que tengo el poder de subirle el pulgar al mejor de ellos. Lo malo, es que debo bajárselo a todos los demás.
En sus caras y frases me veo a mí mismo en mis días de eterno buscador después de egresado. Me veo en ese año que pasé sin que nadie me diera una mínima esperanza. Año en que llegué incluso a diseñar enfoques desesperadamente honestos, como aquella vez que puse dentro de una caja a un dinosaurio de juguete. La idea era que al abrirla, el destinatario se encontrara con el pequeño prehistórico más un texto que aludía a mis esperenzas (pues sólo tenía eso) de convertirme en un gran, pero gran redactor. Simpático, tierno. Recuerdo que en McCann Ericksson simplemente la botaron a la basura. Y es que ya nada nos sorprende. Y lo que es peor, no nos queremos dejar sorprender.
Hoy, esperando encontrarme con chicos dispuestos a bailarme en la mesa para quedarse con el puesto, me he visto enfrentado al desánimo, a la frase gastada, al trámite de ver lo mismo de siempre y contestar lo mismo de siempre: "te llamaremos". Estamos todos mal. Y aunque me pese el estómago al irme a dormir, debo comerme ese plato, si no mañana habrá perdido lo poco de rico que le quedaba.
Algo parecido estoy viviendo en el trabajo. Como nunca esperé, esta es la cuarta vez que me toca elegir un practicante. Uno entre muchos publicistas que tienen por iguales cantidades "caleta de ganas", "hartas pilas" y "deseos de proyectarse en un trabajo estable". Lo bueno, es que tengo el poder de subirle el pulgar al mejor de ellos. Lo malo, es que debo bajárselo a todos los demás.
En sus caras y frases me veo a mí mismo en mis días de eterno buscador después de egresado. Me veo en ese año que pasé sin que nadie me diera una mínima esperanza. Año en que llegué incluso a diseñar enfoques desesperadamente honestos, como aquella vez que puse dentro de una caja a un dinosaurio de juguete. La idea era que al abrirla, el destinatario se encontrara con el pequeño prehistórico más un texto que aludía a mis esperenzas (pues sólo tenía eso) de convertirme en un gran, pero gran redactor. Simpático, tierno. Recuerdo que en McCann Ericksson simplemente la botaron a la basura. Y es que ya nada nos sorprende. Y lo que es peor, no nos queremos dejar sorprender.
Hoy, esperando encontrarme con chicos dispuestos a bailarme en la mesa para quedarse con el puesto, me he visto enfrentado al desánimo, a la frase gastada, al trámite de ver lo mismo de siempre y contestar lo mismo de siempre: "te llamaremos". Estamos todos mal. Y aunque me pese el estómago al irme a dormir, debo comerme ese plato, si no mañana habrá perdido lo poco de rico que le quedaba.

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