EL EGO
Me fui pensando en cómo sería verme a mí mismo con los ojos de algún compañero de trabajo cualquiera. Me aterró la sola idea de encontrarme aburrido. De encontrarme tonto, ordinario. O peor aún, de encontrarme totalmente indiferente.
Esto a raíz de un comentario, todavía no sé si malicioso o sincero, de alguien aquí en el trabajo. El hombre, sin anestesia, me dijo que debía hacer algo con mi olor a humedad. Al terminar, suavizó que era en buena onda y que a él también le había pasado antes, pero que no era la primera vez que me lo sentía y que había dejado una oficina impregnada.
Desde ese momento empecé a preocuparme, primero, por mi olor. ¿La secadora? ¿La falta de sol? ¿¡Mi ph?! Fue un ladrillazo sorpresivo y desestabilizante. De pasada comencé a cuestionarme, por qué no, que a lo mejor mi apariencia resultaba nefasta también para los demás, diluyendo la sólida creencia mía de que soy bastante aceptable para casi la mayoría de los tipos de personas.
Antes pensaba que casi todas mis historias eran recibidas con alegría por mis más cercanos. Pensaba que lo que yo hacía era en algunos aspectos deseable de hacer por los demás. Lo digo de frentón, me había sentido por mucho tiempo una persona admirable en el amplio sentido de la palabra. Nunca el mejor en nada, pero sí con la certeza de que no pasaba desapercibido, y que tenía material para causar una pizca de envidia. Por esos días me costó creerme todo eso. Si fue verdad lo de mi olor, ay de mí y mi pobre olfato. Si no, me quito el sombrero; no había conocido mejor estratregia para derrumbar el ego de nadie. Pero que pase el siguiente, pues ahora me siento responsable no de secar mi ropa o rociarme más perfume, sino de continuar con la macabra costumbre de echarle en cara a algún pedante cualquier falla oculta -¿acaso no lo están todas?- para sus ojos. ¿Se dan cuenta? Un egocéntrico no aprende.
Esto a raíz de un comentario, todavía no sé si malicioso o sincero, de alguien aquí en el trabajo. El hombre, sin anestesia, me dijo que debía hacer algo con mi olor a humedad. Al terminar, suavizó que era en buena onda y que a él también le había pasado antes, pero que no era la primera vez que me lo sentía y que había dejado una oficina impregnada.
Desde ese momento empecé a preocuparme, primero, por mi olor. ¿La secadora? ¿La falta de sol? ¿¡Mi ph?! Fue un ladrillazo sorpresivo y desestabilizante. De pasada comencé a cuestionarme, por qué no, que a lo mejor mi apariencia resultaba nefasta también para los demás, diluyendo la sólida creencia mía de que soy bastante aceptable para casi la mayoría de los tipos de personas.
Antes pensaba que casi todas mis historias eran recibidas con alegría por mis más cercanos. Pensaba que lo que yo hacía era en algunos aspectos deseable de hacer por los demás. Lo digo de frentón, me había sentido por mucho tiempo una persona admirable en el amplio sentido de la palabra. Nunca el mejor en nada, pero sí con la certeza de que no pasaba desapercibido, y que tenía material para causar una pizca de envidia. Por esos días me costó creerme todo eso. Si fue verdad lo de mi olor, ay de mí y mi pobre olfato. Si no, me quito el sombrero; no había conocido mejor estratregia para derrumbar el ego de nadie. Pero que pase el siguiente, pues ahora me siento responsable no de secar mi ropa o rociarme más perfume, sino de continuar con la macabra costumbre de echarle en cara a algún pedante cualquier falla oculta -¿acaso no lo están todas?- para sus ojos. ¿Se dan cuenta? Un egocéntrico no aprende.



