CAMILA -III PARTE Y FINAL-
El tío Reinaldo, solterón e intelectual, solía darle largos abrazos a Camila. La quería mucho y la trataba como a la hija que nunca tuvo. Como para cada cumpleaños hacía frío, al tío Reinaldo siempre se le veía con su largo abrigo. Lleno de bolsillos espaciosos, para cada cumpleaños de Camila ocultaba un regalo en uno de ellos; siempre intentando la misma rutina para dárselo: Oh Camilita, ¿qué podría tener aquí? Y mientras con su gran altura se inclinaba hacia ella, se lo sacaba del bolsillo y se lo volvía a ocultar detrás de la espalda. Le decía con una voz pausada y amorosa: Feliz cumpleaños mi amor, y se lo entregaba con una mano atrás. Y ese día que llegó todo mojado, tampoco fue la excepción.
Al ver a Paulo, el tío soltó una sonrisa y se quedó mirándola a ella. ¿No me vas a presentar a tu amigo, Camilita? Se llama Paulo. Es nuevo, le contestó Camila.
Paulo saludó con gran soltura al tío de Camila, lo que cayó de inmediato en gracia, pues el tío Reinaldo no solía conocer chicos que le dieran la mano con un apretón tan decidido para su edad. Antes de que pudiera hacerle un par de preguntas, la madre de Camila terminó con el ritual e invitó al tío Reinaldo a la sala a tomarse algo. Era su hermano mayor y sentía un inmenso cariño por él. Camila se disculpó y subió a su pieza con Paulo. Mientras el tío Reinaldo se preparaba un coñac, la mamá de Camila les preparaba una bandeja con un poco de todo lo que había hecho al tiempo que ellos dos, sentados en el felpudo suelo rojo de Camila, se disponían a ver uno de los dividís de Alex. Descalzos, miraban la pantalla sin pestañear. Mientras comenzaba la película, el silencio de la pieza era quebrado por el murmullo de la voz del tío Reinaldo, que era de un volumen más alto de lo normal, sin ser desafiante. Soltaba risotadas de vez en cuando y Camila, algo desconcentrada de lo que ya había visto unas diez veces, trataba de adivinar la razón de cada risotada. Paulo en cambio parecía no inmutarse con el hecho de que llevaban más de diez minutos sin decir nada. Paulo era alto para su edad, usaba lentes y quizá lo único que lo hacía parte de la moda preadolescente actual eran sus zapatillas estilo skater de un ancho exagerado. Lo demás sobresalía por lo atípico. El hecho de haber vivido en la Antártica, quizá. Su padre había sido trasladado de vuelta a Santiago hacía ya unos meses y Paulo no había tenido mucho tiempo para adaptarse: no usaba celular, ni tenía correo electrónico. Pero a él tampoco le importaba mucho. Tenía como una especie de chip mental que lo disponía a no creer necesario integrarse. Por su lado Camila nunca había sido muy sociable, muy extrovertida. Un dato revelador era su virginidad de labios. A diferencia de varias compañeras, que presumían de saber lo que se siente dar un beso con lengua. Mientras Paulo seguía impertérrito frente al televisor, Camila se había echado en su cama sin mucho qué hacer. La situación la sentía extraña, y se le notaba en su forma de acomodarse en la cama. No sabía si ponerse demasiado a gusto en ella, como cuando está sola, o simplemente recostarse de un modo que no hiciera a Paulo pensar que su presencia no es digna de confianza. Paulo, sin haberse dado vuelta un segundo a mirar a Camila, supo que había que decir algo. Si quieres no la vemos, no me importa. Traje música, ¿tienes dónde escuchar acá? Sí, apaguémosla mejor. Te la puedo prestar si quieres. ¿De qué es el cidí?
Camila había hecho un esfuerzo por juntar ánimo para su fiesta, y aún no estaba segura de que podía salir bien. Por otro lado Paulo había escalado unos buenos peldaños socialmente como para arruinarlo todo sintiéndose excluido de una fiesta con sólo dos invitados. Camila no conocía al grupo, pero estaba seguro de que por su hermano ya había escuchado su música antes. Lo puso en el computador sin muchas esperanzas. The Smiths, parecen viejos, comentó Camila. Sí, son de hace como 20 años, pero te van a gustar, dijo Paulo.
El citófono había vuelto a sonar. Era la tía Naty, la más joven de los tres hermanos de la mamá de Camila. Casada con el tío Enrique hace 3 años, no le tenía simpatía a Camila y tampoco se esforzaba en ocultarlo. Sin embargo el pequeño Bastián, de tan sólo 11 meses, le hacía olvidar por ratos la mala leche que le tenía. A la tía Naty le agradaba que a Camila le gustara pasar tanto tiempo con él, ya que a ella misma, más preocupada del solarium y comprar en malls, la mayoría de las veces se le iban importantes detalles sobre la crianza. Al revés de Camila, que a su corta edad poseía un agudo instinto maternal. Quizás el hecho de que por un par de años se sintió sola y pidió un hermano que nunca llegó. Bajaron los dos a saludar. Descalzos aún, recibieron un sonrojador comentario de parte de los tíos que recién llegaban. Paulo no se dio por aludido, Camila sí. Se sentaron todos a la sala. Pusieron el coche a un lado y bajaron a Bastián, quien ya daba sus primeros pasos. Mientras Flor se ocupaba de llevar bandejas de canapés y otras cosas a la mesa, Camila había pasado a ser el centro de atención. La tía Naty lo había querido así.
-¿Doce años, cierto Camilita?
-Sí tía, doce.
-¿Y sigues tan metida en tu pieza leyendo libros? Yo a tu edad ya iba a fiestas.
-La Camilita es así, y prefiero que sea así. Como están los chiquillos de hoy, dijo la mamá.
-Ay mi amor, cuando yo te conocí, no eras la más vivida tampoco ¿Cierto?, dijo Enrique.
La mamá de Camila tenía paciencia con su hermana menor; sabía que había sido la consentida de su padre y que, por más que quisiera, ella no iba a cambiar su forma de ser. Fue y será una malcriada. Enrique por su parte era santo de la devoción de todos, pues manejaba con extrema habilidad el caprichoso carácter de Natalia.
Paulo por su lado no abría la boca salvo para dejar entrar trozos de cuanta masita encontrara. Miraba de reojo al tío Reinaldo, que ahora parecía haber perdido todo entusiasmo por reírse como se reía hace unos minutos. Camila, intentando hacer caminar a Bastián, invitó a Paulo a presenciar las gracias del bebé. ¿Cómo se llama él, Bastián? ¿Qué tiene en los ojos?, le preguntaba Camila. Es súper gordo y grande, ¿qué edad tiene?, preguntó Paulo asombrado.
Mientras los adultos se encaminaban a conversar de otro tema que no fuera Camila, ella y Paulo subieron con el bebé a la pieza nuevamente. El cidí de The Smiths ya iba en la tercera canción y aún quedaban cosas para comer en la bandeja que había quedado en la cama. Camila sentó en el amplio suelo de la pieza al bebé, bajó sólo un poco el volumen del computador y se acercó a Paulo. De pronto había recuperado un nuevo entusiasmo por la celebración y la presencia de Paulo. Paulo a su vez, lucía desconcertado. Secretamente había imaginado que tendría toda una tarde para él solo con Camila. Imaginó que si se daban las cosas, al menos podría robarle un beso en la mejilla a Camila, a quien desde que entró en marzo encontraba muy bonita. Él ya había dado un beso en la Antártica lejana, y añoraba con fuerza una segunda oportunidad, pues había quedado con gusto a poco. Camila, sonriente, le preguntó si alguna vez había jugado a la Guija. Paulo, sin saber qué esperar de esa pregunta, dijo que no. Camila se paró y abrió closet. Se empinó lo que más pudo y sacó de la estantería de arriba una carpeta de cartón, la desdobló en el suelo y le dijo a Paulo: ¿Juguemos? La respuesta de Paulo demoró, pero finalmente aceptó dubitativo. Camila le aclaró que no había nada de qué preocuparse, que era sólo un juego. Mientras se ponían de acuerdo, desde abajo llegaba un murmullo constante de voces acaloradas por una discusión. Finalmente se decidieron por llamar a la princesa Diana de Gales. Camila quería preguntarle qué había pasado exactamente. Camila entonces se paró a buscar un vaso raudamente. Paulo, en esos escasos segundos, aprovechó de mirarse al espejo. El bebé, sentado al lado de Paulo, apilaba un par de cajas de cidís que le había pasado Camila. Cuando llegó Camila, comenzaron. Paulo, aunque trataba de seguirle el juego a Camila, no resistía las ganas de soltar una risotada al escuchar a Camila impostar la voz para llamar al espíritu. Camila se dio cuenta y le dio un leve empujón con sus caderas. Paulo de pronto había cobrado un ingenuo entusiasmo al recibirlo, como creyendo que con eso había logrado algo: al menos tocarla no estaba del todo incorrecto, pensó. La lluvia había parado y desde abajo provenían murmullos de risas, alzas de voz y golpes de vidrios chocándose. Camila y Paulo preguntaban y preguntaban cosas. Ya tenían al espíritu de Diana y el vaso sobre la tabla se movía a toda velocidad. De repente a Paulo, con algo de malicia, se le ocurre preguntar a quién le gustaba Camila. Camila se resguardó diciendo que a nadie. Paulo le recordó que sólo era un juego y Camila accedió. Al posar los dedos sobre e vaso Paulo rozó ligeramente los dedos de Camila con sus dedos. Esperó a que ella los quitara pero eso no sucedió. De pronto, desde abajo, se escuchó el llamado de su padre. Había llegado recién y le gritaba desde la sala que se asomara sólo un segundo. Paulo quitó inmediatamente su mano del vaso. Camila bajó con Bastián en brazos y, detrás de ellos, Paulo. El padre de Camila estaba parado justo al pie de la escalera con una gran caja envuelta en papel de regalo. Estaban todos de pie, menos el tío Reinaldo, que con su mirada perdida hacia la ventana de la sala, parecía no aprobar la escena. La tía Naty cogió a Bastián en brazos y se puso detrás del papá de Camila. -Feliz cumpleaños hijita, ábralo, le dijo el padre a Camila. Paulo, sentado en los primeros escalones, miraba con desgano. El padre de Camila había ignorado todo el tiempo su presencia. La expresión de Camila era pura estupefacción, y a medida que iba removiendo el papel de regalo de la caja, que era de unos 60cms x 60cms, se iban notando varios hoyos en ella. La expresión de Camila iba cambiando a alegría. Al destapar la caja, meter sus brazos dentro, tomar lo que había y sacarlo desde abajo, finalmente todos supieron de qué se trataba, o al menos fingieron que no sabían de qué se trataba: un cachorro San Bernardo. Al ver lo que era, Paulo susurró la palabra “bacán”.
Camila se abalanzó a los brazos de su padre para agradecerle. El padre de Camila le preguntó en voz baja por Paulo. Ella, sin titubear, le dijo que un amigo del colegio nuevo. Paulo miraba de reojo la escena, esperando que alguien le dijera algo para poder hablar. El papá de Camila se acercó a saludarlo y pedirle, en un suave susurro, que le cuidara a Camilita de los pesados del curso. Paulo se sintió halagado y contestó que sin problemas lo haría. Mientras las mujeres se movían para poner la mesa del comedor para tomar once, Enrique jugaba sin molestar a nadie junto a Bastián en la alfombra de la sala. El tío Reynaldo daba sorbos a su trago mirando al frente, ignorando todo a su alrededor. De pronto el padre de Camila lo notó, y le preguntó desde una distancia poco íntima, que qué le ocurría. El tío Reynaldo, algo mañoso, contestó que nada, que había tenido una semana agobiante. Mientras, Camila y Paulo, sentados en la escalera, acariciaban al cachorro con fruición. Él, dormía plácidamente en los brazos de Camila. No puedo creer lo que me acaba de regalar mi papá, dijo Camila. Qué rico es, ¿cierto?
Paulo asintió con la cabeza. Paulo ya no sabía qué hacer ahí. Había sentido un ligero placer cuando estuvieron solos con el bebé en la pieza de Camila. Sinceramente pensaba que había conseguido algo, aunque no tenía muy claro qué. No le gustaba Camila, pero eso era lo que pensaba antes de haber ido al cumpleaños. Ese día ya no estaba tan seguro. En la mesa, todos sentados, el ambiente se sentía pesado. ¿Un perrito, ah? No pensaran que con eso se le van a acabar las ganas de tener un hermano, ¿cierto?, inquirió el tío Reynaldo. Ay Reynaldo, siempre tan observador. Pero no, te equivocas, contestó el padre de Camila. La madre pasaba paneras a diestra y siniestra sin mirar más que a su hermano y marido. Los dos callaron al momento de sentir esas miradas. Mi mamá me dijo que sí iba a tener un hermanito, agregó Camila. La tía de Camila se mordía la lengua para no decir algo. De pronto alguien soltó el siguiente comentario: tener doce años y sentirse solo en la casa y el colegio no es muy agradable. Ya no habría vuelta atrás, Paulo había dejado caer una maleta llena de armas en medio de una cárcel de alta seguridad. ¿Lo ven?, hasta el chico se da cuenta de lo que pasa aquí, dijo el tío Reynaldo. La tía Naty, que se había guardado por mucho tiempo un canon de argumentos para explicar los caprichos de la Camila, asestó un par de comentarios en medio de la paciencia del padre de Camila, quien carecía de decoro a la hora de enumerarle defectos a su cuñada menor. Por favor, guárdense su rabia por un tiempo más, ¿quieren? Con esas palabras, la madre de Camila avivó un fuego que no prometía ceder. El tío Reynaldo, echado hacia atrás en su silla, despotricaba contra la falta de compañía de Camila. Enrique por su parte trataba de calmar a su mujer diciéndole que ya basta, que era el colmo su mala onda. Camila, sentada al lado de Paulo, le ofreció en silencio escapar de ahí. Paulo aceptó y se paró primero. Al pararse Camila, sólo su madre advirtió le huida. En la pieza, Camila le pidió disculpas por la escena a Paulo. No te preocupes, pasa en todos lados. Discúlpame tú por haber dicho eso, contestó él. Filo, me gustó que lo dijeras. Precipitados nuevamente a un silencio nada confortable, Paulo se armó de valor para tomarle la mano. Sonrojados ambos, se soltaron para sentarse en la alfombra amplia. Desde abajo se oía el murmullo de voces acaloradas. Y bajo lo últimos acordes de un disco que había estado sonando tibio para nadie, se sintieron al fin a gusto sin decir nada.

2 Comments:
Hola, me gustó tu historia. se siente real.
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